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De pixabay.com :::
Comento aquí una intrahistoria cedida amablemente por mi amigo Moncho;
al que invitaré repetidamente para que se anime a escribir en este blog.
Moncho trabaja de cara al público y sé que aunque a veces le molestan las hisorias y penurias de los clientes, normalmente escucha pacientemente, con una sonrisa en la boca y un «Mucha suerte» en su despedida. Pues he aquí que gracias a una de estas conversaciones pudo contarme lo siguiente; espero que perdone los cambios accesorios que introduzco.
Natalia Fernandez es una señora de unos ochenta años. Su caminar es lento y sus ojos miran desde abajo porque anda encorbada. Su voz es amable pero firme cuando recuerda: «Las cosas no son como antes» dice; y claro que no lo son.
Natalia, en su juventud, era guapa y no tardaba en hacer migas con los hombres; pero como toda buena muchacha se conformó con uno, el que mejor y más sincero le pareció. Este hombre se llamaba Daniel y fué el primer amor de Natalia.
Natalia y Daniel se divertían, bailaban en las fiestas de su pueblo; Illas, en Avilés, Asturias. Sé de primera mano que allí se hacen buenas fiestas. El caso es que el verano acababa y a Daniel lo habían llamado para incorporarse a filas en el cuartel de Ferrol. Antes, el hacer la mili no era una cosa que se pudiera tomar uno a la ligera, así que Daniel estaba convencido, aunque triste por su obligatoria partida.
Natalia estaba más triste que Daniel porque de aquella la mili duraba cinco años; cinco años de ausencia y de transformación de su Daniel inocente, al que iban a entrenar para matar y defender la patria: Su penar era tan grande que apenas salía de casa. Cada vez que quedaba a solas con Daniel se aguantaba las lágrimas con insistencia, y mostraba una sonrísa que le pinchaba como el acero afilado. Después, cuando regresaba a la soledad de su cuarto y en la más absoluta oscuridad lloraba hasta que la noche se hacía madura.
Llegó el día anterior a la partida y Daniel le preguntó a Natalia si le pensaba ir a despedir a la estación de tren de Avilés. Era costumbre que las novias acompañaran a sus compañeros hasta el último umbral del andén donde les ofrecían el beso más dulce del que fueran capaces; pero Natalia sabía que no iba a ser capaz de aguantar las lágrimas, y eso le parecía indigno para una muchacha de su edad; así que le dijo que no podía ser porque se inauguraba el reloj del ayuntamiento, lo cual era cierto, y que era un evento muy importante porque significaba que la era moderna se acercaba a su querido Avilés.
Daniel no durmió en toda la noche, inquieto y triste, las sábanas se le hacían de papel de lija. Pero aún el cansancio le permitó tomar una determinación importante, si ella no iba a despedirse a la estación, entonces sería él, Daniel, el que se acercaría al ayuntamiento para despedirse de Natalia.
Así lo hizo al día siguiente; pero fiándose del reloj recién inaugurado, la mala suerte, o eso dijeron algunos, quiso que Daniel llegase tres minutos tarde a la estación. El pobre hombre estaba aterrorizado; ahora lo encerrarían por deserción o quizá algo peor todavía, pero Natalia estaba contenta porque de momento no podía llamar mala suerte eso de perder el tren ya que estaban juntos de nuevo.
El caso es que al día siguiente la ciudad de Avilés amanecíó con la noticia de que el tren con destino a Ferrol había descarrilado el día anterior. Era el tren donde algunos muchachos viajaban camino de la mili, y donde Daniel estuvo a punto de partir; sin duda fue toda una suerte perder el tren.
Actualizo: Esta intrahistoria ha sido corregida en su contenido; «El tren de la muerte«